DIME QUE NO

DIME QUE NO

El salmista dice en una de sus salmodias “dime que no, y lánzame un sí camuflajeado, clávame una duda y me quedaré a tu lado…”

En una cultura en donde honrar al padre con las palabras es lo más importante, Jesús nos cuenta una brevísima parábola. Dos hijos son requeridos por su padre par trabajar en su viña, uno dice “no quiero” pero se arrepiente y va, el otro dice “sí, voy” pero no va. Jesús entonces no pregunta ¿quién honró a su padre? La respuesta hubiese sido “el que dijo que sí”, sin embargo, la pregunta de Jesús pone el acento en el elemento inesperado, la pregunta es “¿Quién hizo la voluntad del padre?”. Es evidente que la respuesta es que aquel que dijo no pero fue, es aquel que ha hecho esa voluntad.

Acá quiero hacer un énfasis en dos cosas:

– En una sociedad que valora más lo que se “confiesa”, Jesús prefiere a aquellos que “hacen”. El relato está inserto en esta discusión con los sacerdotes del templo de Jerusalén. Estos saben los rituales y todo lo que honra a Dios dentro de la maquinaria de la religión, pero que han ignorado las voces de Dios: la de Juan el bautista y ahora la del Cristo. Jesús los contrastará con cobradores de impuestos y prostitutas que evidentemente no tienen el correcto discurso, pero tienen el correcto corazón, ellos han creído, ellos son los rebeldes que dijeron que no pero que experimentaron el arrepentimiento y están en la viña del Señor.

– Dentro de los círculos cristianos hemos hecho, durante demasiado tiempo, una apología a afirmar todo cuanto se diga en nombre de Dios: “dígale sí al Señor…”, “¿Cuántos pueden decir heme aquí Señor?”, “… y entonces el dragón del Apocalipsis es en realidad Shen Long, por eso no puede ver Dragon Ball, ¿amén?…”. Y está bien, nada en contra de que se anime a la gente a decir “sí”. El asunto complejo es cómo interpretamos los “NO”.

No pasar al altar a recibir el ungimiento especial puede ser visto como un acto de rebelión; no alzar las manos cuando todos esperan que sean alzadas está en el borde de la irreverencia, etc. Nuestra adicción a los “sí” ha hecho que los “no” sean vistos con desprecio. Se predica para que la gente diga “amén” (otra forma de decir “sí”). Se hacen llamados al altar para que la gente diga “sí” pasando al frente. El líder va y solicita (u ordena a veces) que se haga tal o cual cosa y la respuesta “cristiana” que espera cosechar es “sí”. Pero ¿qué tal si comenzáramos a decir que no? ¿qué tal si en vez de decir lo que se espera de nosotros, nos diéramos el tiempo de pensarlo y en el intertanto dijéramos “no”?

Moisés dice “no” cuando es llamado a ser el caudillo libertador de Israel. Gedeón era un puñado de frustraciones y negatividad al momento de recibir el desafío de liberar a su pueblo de los madianitas. Isaías no se considera digno para la tarea que le espera y Jeremías estuvo determinado a nunca más hablar en nombre de Dios.

Dios no tiene problemas de autoestima, no se deprime le dices que no, ese problema lo tenemos nosotros, los que predicamos, los que enseñamos, los que de una u otra forma lideramos algo, a nosotros siempre nos gusta que nos digan que sí. El problema es que no admitimos que el ego que se daña es el nuestro, entonces preferimos decirle a la gente que cuando no hace lo que nosotros queremos que haga, en realidad no están haciendo la voluntad de Dios… sí, así como lo oíste, nos hacemos Dios así de volada!

Si sientes decir sí… a Dios, a un proyecto de vida, a una propuesta laboral, a un líder, etc. que sea porque tienes la convicción de hacerlo, no por presiones ni manipulaciones. Y si no sientes que sea una decisión en libertad, entonces ni te compliques, di no. ¿Quién sabe? En una de esas, ese “no” verbal, termine siendo un “sí” práctico, mientras que aquellos que dijeron que sí porque la emoción era grande o porque sintieron que era lo política y religiosamente correcto, puede que terminen sólo en eso, en una afirmación que afirmó el éxito aparente de la convocatoria, pero que pereció por esterilidad en el compromiso.

CREDITOS: Cesar Soto

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